Torture in Cuba
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Los derechos humanos en Cuba

"Estamos desterrados, esa es la realidad"
Los primeros presos cubanos llegados a España evocan las condiciones
infrahumanas de las cárceles castristas

MAITE RICO – Madrid – 15/07/2010

"¿Pero es que no les han podido llevar más lejos?", refunfuña Blanca
Reyes, representante de las Damas de Blanco en Europa, al entrar en el
hostal donde se alojan los primeros siete presos excarcelados por el
Gobierno cubano. El paraje, en efecto, resulta desolador: un polígono
industrial de los confines del barrio madrileño de Vallecas, junto a un
erial reseco.

Pero los disidentes no reparan en ello: hace 72 horas estaban en una
cárcel castrista. Una de esas cárceles vedadas a los observadores
internacionales, en las que han acumulado un historial de horrores desde
que fueron detenidos en la Primavera Negra de 2003. "Son estructuras
inhumanas, y te lo digo como periodista, no como preso", afirma Ricardo
González, de 60 años, corresponsal de Reporteros Sin Fronteras en la
isla. "Hacinamiento, goteras de desagües, celdas donde los internos
defecan en un hueco, en el mismo lugar donde duermen…".

Eso es lo normal para todos los reclusos. Pero para el grupo de aquellos
75 periodistas y activistas humanitarios, que fueron sentenciados a
penas de hasta 28 años, el Gobierno aplicó el régimen "de mayor
severidad", aislándolos en celdas de castigo. Ricardo González estuvo
tres meses con la luz encendida las 24 horas. En cambio, a Léster
González, de 33 años, lo confinaron a un cubículo de 1,80 metros sin
luz. "De lunes a viernes me sacaban un rato al día, para que me diera el
sol", explica.

Los disidentes fueron ubicados en las prisiones más alejadas de sus
ciudades. "Recibíamos una visita cada tres meses. Y las visitas
conyugales, dos veces al año", explica Ricardo, encerrado a 533
kilómetros de La Habana. Es decir, una tortura tanto para los presos
como para sus familias, que se las veían y se las deseaban para
desplazarse en un país donde el acceso al transporte es una agonía.

"El objetivo era romper las parejas. Pero en vez de abandonarnos,
nuestras mujeres se unen y surgen las Damas de Blanco", añade Ricardo.
Junto a él está Alida, su compañera. "Ella tiene la nacionalidad
española, y quería salir de Cuba antes de que me detuvieran. Estando
preso le di el permiso de salida". "Pero yo no lo podía dejar en
prisión", explica la mujer, que fue despedida del banco donde trabajaba
y tenía que vivir de las ayudas de los parientes en el extranjero,
"pidiendo prestado, acumulando deudas". "Lo que más me preocupaba era
llevarle la jaba [bolsa] con comida para cuatro meses, con lo que
pudiera conseguir", dice Alida. Nada evidente, dada la escasez crónica
de alimentos que sufre Cuba, pero cualquier cosa mejor que "el picadillo
de soya y el pescado molido con tripas" de la dieta carcelaria.

La presión internacional obligó a las autoridades a suavizar las
condiciones de los disidentes, que fueron recluidos con presos comunes.
"Algunos se portaban bien, pero otros nos hacían la vida imposible, en
connivencia con los guardianes", cuenta Léster, cuya mirada denota una
inquietud profunda. "Estoy con miedo. No he podido dormir. Hay momentos
en que pienso que esto es un sueño y que tengo que regresar a prisión.
Estoy muy afectado psicológicamente", reconoce. Su madre, Mireya,
maestra de primaria, no se separa de él.

En su galera de 83 metros cuadrados, poblada con 66 reclusos, algunos de
los cuales dormían en el suelo, Pablo Pacheco, de 40 años, fue
escribiendo junto a otros dos disidentes una bitácora del inframundo que
logró filtrar al exterior y que vio la luz en un blog, Voces tras las
rejas. Los presos políticos cubanos, al menos, cuentan con el respaldo
de las organizaciones de derechos humanos. Pero nadie vela por los
presos comunes. Pacheco evoca suicidios y autolesiones para reclamar
medicinas o para huir de las palizas. Un día alguien se pinchaba en un
ojo. Otro día alguien tragaba salfumán…

Las secuelas físicas más evidentes las sufre José Luis García Paneque, a
quien una infección parasitaria y la desnutrición hicieron perder 40
kilos. Las autoridades se cebaron con este cirujano especializado en
quemados, lúcido y combativo, condenado a 24 años por dirigir una
agencia de prensa independiente. Ni siquiera en su estado se libró de
las golpizas de algunos reos, instigados por la seguridad cubana. Pese a
todo, García Paneque muestra una entereza impresionante. En cambio,
quien peor ha resistido el cautiverio, explican los disidentes, es el
economista Antonio Villarreal. Ayer no salió de su habitación. "Está muy
mal. Lo han quebrado psicológicamente".

Antes de enviarlos a España, el régimen los trasladó a un hospital de
reclusos en La Habana. "Nos dieron de comer pollo y teníamos aire
acondicionado. Como si pudieran limpiar en tres días los siete años en
los que no fuimos personas", comenta Ricardo González. Les entregaron
también un pantalón, una camisa y una corbata (que nadie usa en Cuba)
para que dieran buena imagen. "Estamos desterrados, esa es la realidad",
añade Ricardo. Pero lo tienen claro: seguirán luchando "por los que
quedan atrás". La dictadura castrista ha usado a los presos de
conciencia como moneda de canje desde 1962, sin que haya habido apertura
política. "Debemos hacer que esta vez sea diferente. Si nos quieren usar
como carnaza, tenemos que tirar de la caña y hacer caer al pescador. No
habrá nada que celebrar hasta que no haya democracia en Cuba".

http://www.elpais.com/articulo/internacional/Estamos/desterrados/realidad/elpepiint/20100715elpepiint_4/Tes

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