Torture in Cuba
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Literatura, Represión

Alzados "on line"

En este libro de Antonio José Ponte, Villa Marista se nos muestra, más
que la ideología y la política, como la osamenta del poder "de verdad"
que ha conseguido sostener medio siglo de castrismo

Luis Manuel García Méndez, Madrid | 25/11/2011

Este libro va de micrófonos a cámaras, de sonidos subrepticios a
imágenes acusadoras. De los micrófonos que dos agentes vienen a instalar
en casa de Nicanor O'Donnell en el corto Monte Rouge, a los miembros de
las brigadas de acción rápida que se cubren el rostro y huyen cuando los
familiares de Orlando Tamayo les apuntan con las cámaras de sus
teléfonos móviles.

El título de Antonio José Ponte, Villa Marista en plata (Editorial
Colibrí, Madrid, 2010), juega con la obra de Carlos Garaicoa Las joyas
de la Corona, expuesta en la Bienal de La Habana de 2009, donde se
mostraban reproducciones en plata de ocho centros de detención y tortura
en el mundo, entre ellos Villa Marista y la sede del Servicio de
Inteligencia de Línea y A. El diccionario de la RAE recoge la acepción
"en plata" como "brevemente, sin rodeos ni circunloquios, en sustancia,
en resolución, en resumen", lo que en cubano sería "de verdad". Y aquí
Villa Marista se nos muestra, más que la ideología y la política, como
la osamenta del poder "de verdad" que ha conseguido sostener medio siglo
de castrismo. Sin ese sustrato óseo se habría desmoronado hace mucho.

Los cruces de caminos entre arte, política y nuevas tecnologías es el
recorrido que propone el autor, comenzando con la humorada de Monte
Rouge, una suerte de disidencia light que mereció la reprobación
oficial, hasta el punto de condenar a su autor a hacer votos públicos de
fidelidad. Y se enseria con Garaicoa en una obra que equipara Villa
Marista con la Stasi, la de Mecánica de la Armada y la Lubianka
y que, sin embargo, contó con la aprobación de los curadores y sus
"asesores", y condenó a Nirma Acosta, en La Jiribilla, a malabarismos
dialécticos para "demostrar" que la obra no era lo que decían las
agencias extranjeras, sino "una mirada penetrante (…) frente a un
mercado del arte asociado a concesiones y estafas". Tras la aprobación
oficial, a ella le tocaba limpiar la escena del crimen, pero con
detergentes ideológicos de baja calidad.

La segunda parte del libro se adentra en "la guerra de los emails"
ocurrida tras la aparición en la TV cubana, entre diciembre de 2006 y
enero de 2007, de tres connotados represores de la cultura defenestrados
hacía mucho, en particular Luis Pavón, ex del Consejo
Nacional de Cultura. Cundió el pánico entre los viejos escritores
represaliados, a la sazón ascendidos a los altares de Premios Nacionales
de Literatura. ¿Traería de vuelta el raulismo a los zombies que creían
recluidos para siempre en las catacumbas de la historia? Había que
conjurar de inmediato aquella resurrección. Y los emails difundieron por
la red el rumor, la angustia y la ira, pero pronto, por obra del reenvío
y tumultuosas listas de direcciones, la riada se desbocó. Irrumpieron
sin invitación incluso desde otras orillas geográficas e ideológicas.

Algunos se negaban a circunscribir el debate a aquellos policías
culturales e indagaban sus conexiones con el sheriff del pueblo. Por qué
quinquenio gris, se preguntaban, si la represión ya se acerca al medio
siglo. Escritores del exilio convocaban desde platea alta a valentías
que ellos tampoco tuvieron cuando les tocó estar en el ring. Otros
alertaban sobre la inutilidad de un debate en torno a tres agentes
cuando el cuerpo policial seguía intacto. Un antiguo subordinado de
Pavón defendió la necesidad de desbordar el debate más allá de la
cultura, hasta ámbitos políticos y sociales que hasta el momento han
sido patrimonio exclusivo del líder. Jóvenes para los cuales "Papito"
Serguera bien podría ser un timbalero de la Orquesta Riverside ponían en
cuestión el primer (y único) mandamiento de la cultura revolucionaria:
el mussoliniano "Dentro de la revolución, todo; fuera de la revolución,
nada". Había que poner coto a aquel desparrame ideológico que ya
amenazaba, incluso, a quienes lo habían iniciado.

Tras dos semanas de tángana, la UNEAC publicó su declaración "La
política cultural de la Revolución es irreversible" (en consonancia con
un socialismo irrevocable) que conjuraba el temor de las víctimas del
pavonato, pero omitía al resto de las víctimas y eludía empantanarse en
cenagales ideológicos surcados de peligros. Salvo los "enterados", el
resto de la población se quedó en la duda ante aquella respuesta sin
pregunta. Como escuchar "la tuya", sin que previamente nadie diga "tu
madre".

Pero ni así se calmó la charca. Si la política cultural es irreversible,
Pavón y su élite fueron consecuentes con ella, exclamó Reinaldo Escobar.
A menos que sea cierta la ironía de Ponte y "aquellos comisarios
medraban durante los olvidos de Dios". Respondidos los miedos, Orlando
Hernández aseveró que esa ha sido la función de la intelectualidad
cubana: esperar respuestas y decisiones, no tomarlas. "No está en
nuestras manos. Hace mucho que entregamos las manos".

Al rescate y en una suerte de dialéctica inversa, Desiderio Navarro
afirma que eran los comisarios con sus informes quienes decidían las
órdenes de sus jefes, y Ambrosio Fornet atribuye a esos policías una
capacidad retroactiva, de modo que sobre ellos recayeran también los
desmanes de los 60. A pesar de reuniones a cubierto con el ministro y
conferencias bajo estricta invitación, la meteorología electrónica no
amainaba, y subió de tono cuando Fernando Jacomino, vicepresidente del
Instituto del Libro, echó en cara al escritor Francis Sánchez y a su
compañera las cifras exactas de los royalties cobrados por ellos, un
intento de amordazarlos con papel moneda. Antes los enviábamos a una
acería o un almacén donde les era sustraído todo su tiempo; ahora les
pagamos en dinero, en viajes, en honores y en tiempo. Esa era la moraleja.

En Vida y destino, de Vasili Grossman, un científico acosado (y
acusado), a punto de ser molido por la maquinaria burocrática,
desenfunda toda su valentía y una dignidad fatalista, hemingwayana.
Basta una llamada telefónica de Stalin, interesado por su trabajo, para
que recupere todas sus prerrogativas y algunas más. Sus fiscales se
convierten en aduladores y a codazos intentan alcanzar su vecindad, como
una pata de conejo que inocula suerte con solo tocarla. Pero entonces,
quien enfrentó con entereza el ostracismo siente pánico ante la
posibilidad de perder el favor de los dioses. Es el vértigo de las alturas.

Con sus 128 páginas de 244, este capítulo es el núcleo del libro. Recoge
en detalle (demasiado detalle) la guerra de los emails, y pone al
descubierto los perversos mecanismos implementados por el poder en sus
relaciones con la cultura y cómo las nuevas tecnologías pueden funcionar
como un medio de defensa. Emboscados en la red, lejos de las autovías
del poder, comienza una guerra de guerrillas. A pesar de las oportunas
intervenciones del autor y de su excelente prosa, la cita in extenso de
los emails, donde no son infrecuentes los bodrios de redacción y los
farragosos textos oficiales y paraoficiales, empantana el texto a ratos,
le resta agilidad. Sintetizar las citas o referirlas, lo habría evitado.
Nos deja, en cambio, con el deseo de visitar la "Carta para no ser un
espíritu prisionero", de Reina María Rodríguez, quien "se acoge al
ejemplo de Marina Tsvietáieva", y que el autor no reproduce por "pudor
personal" o por su habitual modestia.

Si ese capítulo se refería a la guerrilla on line, los dos últimos dan
cuenta del arte de la guerra. Una guerra asimétrica entre un ágil
comando de blogueros, disidentes y periodistas independientes, y la
pesada caballería del Estado, que ha establecido en la de
las Ciencias Informáticas de La Habana (UCI) su base de misiles. El
campo de batalla es escuálido: una red lenta y minada, plagada de
tierras de nadie donde ni las tropas estatales están autorizadas a
operar. Razón por la que, emboscados tras cualquier matorral, los
blogueros son más afectivos en sus incursiones a la Internet y las redes
sociales. Los micrófonos y las cámaras de espiar han cedido paso a los
micrófonos y las cámaras en los móviles que sirven para la denuncia y
hacen volver el rostro, callarse y huir a los funcionarios, los esbirros
y los paramilitares.

Lo peor de esta guerra es que los guerrilleros se han alzado ahora en
una serranía inaccesible. No basta movilizar ciento cincuenta mil
milicianos y peinar el campo. Como en los sesenta, el Estado intenta
despoblar el lomerío impidiendo el acceso a Internet del ciudadano
corriente, pero ya no es tan fácil confinar a la población en Ciudad
Sandino. Se escurren y confraternizan con el enemigo. Con razón atribuye
Yoani Sánchez al Gobierno parte del mérito de su creciente popularidad.
La publicidad de lo prohibido es siempre tentadora. Un nuevo tipo de
escritor y de periodista que no teme salir del armario ideológico coloca
en la UNEAC y en la UPEC sendos espejos donde sus mayores cuentan sus
canas y sus miedos. Como el abuso de la penicilina, las invocaciones al
imperialismo ya no surten efecto. La cárcel sigue siendo temible, pero
ya hay quienes temen más a la reclusión voluntaria en una mazmorra de
silencio y ofrecen en los blogs listados de los efectos indispensables a
llevar en caso de arresto. Ahora son los esbirros quienes huyen de las
cámaras y los micrófonos. Ya no están tan seguros de que el futuro
pertenezca por entero a la revolución y el socialismo y, por las dudas,
prefieren que no cuelguen allí su retrato enarbolando una cabilla o un
insulto. Se percatan de que la nueva guerrilla ya está empezando a bajar
al llano de la realidad: pasean gladiolos por la 5ª Avenida, efectúan
performances callejeros, no temen interrumpir con sus exabruptos
sosegadas conferencias oficiales y ni siquiera se les puede apalear con
tranquilidad, porque nunca se sabe si alguien está grabando. Los alzados
on line se vuelven tupamaros, ensayan la guerrilla urbana. ¿Tampoco la
calle pertenece ya a los revolucionarios?

Incluso los chicos de la UCI están contaminados de . De tanto
andar por su cuenta en la jungla cibernética, han empezado a hacer
preguntas incómodas. Quizás sea el momento de ingresarlos en la UCI, en
la Unidad de Cuidados Ideológicos, antes que deserten. Los cohetes
balísticos eran mucho más previsibles.

Villa Marista en plata propone un viaje. Comienza en la obra
contestataria que, aún sujeta a los espacios oficiales de difusión,
encuentra caminos alternativos, como Monte Rouge, gracias a la
tecnología. Continúa en el hallazgo del espacio virtual como sitio de
debate que el poder es incapaz de monitorear y domesticar, aunque lo
intenta. Y termina en una reminiscencia de la teoría guevariana del
foquismo. La guerrilla cultural se alza en un espacio imposible de
acotar y señalizar, donde los agentes del Estado son incapaces de
dirigir el tráfico ideológico. Al descender de la serranía virtual a la
calle real, se cierra el ciclo.

La estructura del libro responde a sus contenidos: encrespada, sinuosa,
ajena a una vocación lineal, como el oleaje de las nuevas tecnologías en
red. El lector académico, el sociólogo y el politólogo echarán de menos
una composición más cartesiana, una mayor visibilidad de causas y
efectos. El lector de literatura encontrará su camino entre las
turbulencias y se sentirá invitado a poner de su parte. Un libro sobre
intelectuales y tecnologías apela a Villa Marista, y eso lo
desgremializa. Carpinteros, soldadores, músicos. Por invocación o de
hecho, por Villa Marista hemos pasado todos los cubanos.

http://www.cubaencuentro.com/cultura/articulos/alzados-on-line-270906

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