Torture in Cuba
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JUICIO EN CUBA AL POLÍTICO DEL PP

"Intentaron desnudarme. Me resistí y lo pagué"

La colaboradora de EL PAÍS en Cuba relata sus 30 horas detenida para

impedirle cubrir el juicio

Yoani Sánchez 6 OCT 2012 – 11:17 CET1210

Me quisieron impedir llegar al juicio a Ángel Carromero. Alrededor de

las cinco de la tarde del 4 de octubre, un amplio operativo a las

afueras de la ciudad de Bayamo detuvo el auto en que viajábamos mi

esposo y yo, junto a un amigo. "Ustedes quieren boicotear al tribunal",

nos dijo un hombre vestido completamente de verdeolivo, para

inmediatamente proceder a detenernos. El operativo tenía las dimensiones

de un arresto hecho contra una banda de narcotraficantes o de la captura

de un prolijo asesino en serie. Pero en lugar de tan amenazantes

personas, solo había tres individuos que deseaban participar de oyentes

en un proceso judicial, asomarse al interior de la sala de un tribunal.

Le habíamos creído al periódico Granma cuando publicó que el juicio era

oral y público. Pero ya saben, Granma miente.

No obstante, al arrestarme, en realidad me estaban regalando

experimentar periodísticamente el otro lado de la historia. Vivir en la

piel de Ángel Carromero cómo se estructura la presión alrededor de un

detenido. Saber en carne propia los intríngulis de un Departamento de

Instrucción del Ministerio del Interior. Lo primero fueron tres mujeres

uniformadas que me rodearon y me quitaron el móvil. Hasta allí era una

situación confusa, agresiva, pero todavía no tenía visos de .

Después, esas mismas fornidas señoras me introdujeron en un cuarto e

intentaron desnudarme. Pero hay una porción de uno mismo que nadie puede

arrancarnos. No sé, quizás la última hoja de parra a la que nos

aferramos cuando se vive bajo un sistema que lo sabe todo sobre nuestras

vidas. En un mal y contradictorio verso quedaría como "podrás tener mi

alma… mi cuerpo no". Así que me resistí y pagué las consecuencias.

Después de ese momento de máxima tensión le llega el turno al policía

"bueno". Alguien que se me presenta diciendo que lleva el mismo apellido

que yo –como si eso sirviera de algo- y que le gusta "dialogar". Pero la

trampa es tan conocida, se ha repetido tanto, que no caigo. Me imagino

de inmediato a Carromero sometido a la misma tensión de amenaza y "buen

talante"… difícil sobrellevar algo así por largo tiempo. En mi caso,

recuerdo haber tomado aliento y después de una larga diatriba contra la

ilegalidad de mi arresto me quedé repitiendo por más de tres horas una

sola frase "Exijo que me dejen hacer una llamada telefónica, es mi

derecho". Necesitaba una certeza y la reiteración me la daba. El

estribillo me hacía sentirme fuerte frente a personas que han estudiado

en la academia los diversos métodos para ablandar la voluntad humana.

Una obsesión era todo lo que me urgía para enfrentarlos. Y me obsesioné.

Después de una larga diatriba contra la ilegalidad de mi arresto me

quedé repitiendo por más de tres horas una sola frase "Exijo que me

dejen hacer una llamada telefónica, es mi derecho"

Por un rato parecía que había sido en vano mi insistente cantaleta, pero

después de la una de la madrugada me permitieron hacer la llamada. Unas

pocas frases con mi padre, a través de una línea evidentemente pinchada

y ya todo quedaba dicho. Podía entonces entrar en la otra etapa de mi

resistencia. La llamé "hibernación", porque cuando se nombra algo es

como sistematizarlo, creérselo. Me negué a comer, a beber cualquier

líquido; me negué al examen médico de varios doctores que trajeron a

revisarme. Me negué a colaborar con mis captores y se los dije. No podía

despegar de mi mente el desvalimiento de Carromero en más de dos meses

lidiando con aquellos lobos que alternaban con el papel de oveja.

Una buena parte del tiempo toda mi actividad la filmaba una cámara que

un sudoroso paparazzi manejaba. No sé si algún día pondrán alguna de

esas tomas en la televisión oficial, pero organicé mis ideas y mi voz

para que no pudieran ser transmitidas menoscabando mis convicciones. O

les mantienen el audio original con mi demanda, o tienen que repetir la

chapuza de sobreponerle la voz de un locutor. Traté de hacerles lo más

difícil posible la edición posterior de aquel material.

Solo hice un pedido en 30 horas de detención: necesito ir al baño. Yo

estaría preparada para llevar la batalla hasta el final, pero mi vejiga

no. Después me llevaron a un calabozo-suite. Había pasado horas en otro

que tenía una rara mezcla de barrotes y cortinas, con un terrible calor.

Así que llegar al salón más amplio, con televisor y varias sillas, que

desembocaba en una habitación con una cama realmente apetecible fue un

golpe muy bajo. Solo de mirar el estampado de las cortinas, tuve el

presentimiento que era el mismo lugar donde habían hecho la primera

grabación que circuló en de las declaraciones de Ángel Carromero.

Aquello no era una habitación, era un set. Lo supe de inmediato. Así que

me negué a acostarme sobre la sobrecama recién tendida y a poner mi

cabeza sobre las tentadoras almohadas. Me fui a una silla en un rincón y

me acurruqué. Dos mujeres vestidas de militar me vigilaban todo el

tiempo. Yo estaba viviendo el deja vú de otro, el recuerdo del escenario

en el que transcurrieron los primeros días de detención para Carromero.

Ya lo sabía y era duro. Una dureza que no estaba en el golpe o en la

tortura, sino en la convicción de que no se podía confiar en nada de lo

que ocurría dentro de esas paredes. El podía no ser , la cama

más bien parecía una trampa y el doctor solícito estaba más cerca del

soplón que del galeno. Lo único que quedaba era sumergirse en los

abismos del "yo", cerrar las compuertas con el afuera y eso hice. La

fase "hibernación" derivó en un letargo auto provocado. Ya no pronuncié

una palabra más.

Para cuando me dijeron que me "iban a trasladar hacia La Habana", me

costó despegar los párpados y mi lengua parecía salirse de la boca por

los efectos de la prolongada sed. Sin , yo sentía que los había

vencido. En un último gesto, uno de mis captores tendió su mano para

ayudarme a subir al microbús donde también estaba mi esposo. "No acepto

cortesía de represores", lo fulminé. Y volví a tener un último

pensamiento para el joven español que vio torcerse su vida aquel 22 de

julio, que tuvo que bregar entre todos aquellos engaños.

Al llegar a casa supe de los otros detenidos y de que la propia familia

de Oswaldo Payá no pudo entrar a la sala penal. También del pedido de

siete años hecho por el fiscal contra Ángel Carromero y de la condición

de "concluso para sentencia" en que quedó el juicio de este viernes. Lo

mío era solo un tropezón, el gran drama sigue siendo la muerte de dos

hombres y el encierro de otro.

http://internacional.elpais.com/internacional/2012/10/06/actualidad/1349514363_085960.html

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