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Sociedad, Cambios, Economía

¿Popularidad, complicidad o temor?
Primera parte de un análisis sobre la destrucción de la sociedad cubana
por el régimen castrista y la necesidad de crear un frente unido dentro
de la oposición
Lilian Vizcaíno, Miami | 03/09/2013 8:44 am

La permanencia de los Castro en el poder en Cuba por más de cincuenta
años ha suscitado diversas opiniones y puntos de vista, tanto fuera como
dentro del país; unos más acertados que otros, pero lo cierto es que,
sigue siendo hoy motivo de reflexión y de desconcierto para muchos. Así
como, de no pocos enjuiciamientos críticos a los cubanos, sobre todo a
los residentes en la Isla, a los que se atribuye la responsabilidad
máxima de haber permitido la prolongación del régimen castrista. Sin
embargo, a ello contestarían, de seguro, los opositores internos que es
muy fácil nadar fuera del agua, y no dejan de tener también ellos su
parte de razón.
De manera que el problema no es tan sencillo, y requiere ser analizado
desde diferentes ángulos, pues obedece a diferentes causas. A lo largo
de la trayectoria de la revolución cubana, las actitudes y motivaciones
de las clases y grupos sociales dentro del territorio cubano han
variado. Así como las condiciones internas del país y la situación o el
contexto internacional en que se ha movido éste. Por lo que sería
absurdo pretender dar la misma respuesta a esa pregunta desde 1959 hasta
la actualidad, aun cuando existan elementos esenciales y factores que se
repitan en cada etapa de su historia.
Ahora bien, es indudable que, tanto las causas de la permanencia de los
Castro en el poder, así como las soluciones concretas a ese mal están en
el territorio cubano. No podemos perder de vista que los cambios en
cualquier país no pueden llevarse a cabo fuera de éste; esa es una
lección que nos dejó clara José Martí desde el siglo XIX. Si bien, esto
no niega el hecho de que desde el exterior pueden ejecutarse acciones
que propicien el aceleramiento o el retraso de esos cambios, y el mismo
Martí lo demostró durante la preparación de la gesta de 1895. No
obstante, la ausencia o insuficiencia de esas acciones por parte del
exilio cubano, unida a la complicidad involuntaria o calculada de
gobiernos y organismos regionales e internacionales, han sido también
factores que han propiciado la prolongada existencia del régimen castrista
Sin embargo, es preciso aclarar que, no pretendemos responsabilizar por
esto únicamente a la política seguida por los gobernantes
norteamericanos respecto a Cuba, si bien es indudable que ha influido, y
así quedó demostrado durante el abortado intento de Bahía de Cochinos.
De manera que resulta inevitable preguntarse por qué en todo este tiempo
las administraciones norteamericanas no han puesto fin a la violación de
los derechos humanos en Cuba, a diferencia de lo que han hecho y hacen
en otras partes del mundo, y por el contrario, a veces hasta incluso le
han seguido el juego a los Castro.
No obstante, es hora de acabar con la tendencia, casi tabú, de adjudicar
al gobierno norteamericano la definición de los destinos de Cuba; pues
ese razonamiento además de determinista y poco objetivo ha costado muy
caro a los cubanos a lo largo de su historia. El problema es nuestro, y
lo tenemos que resolver entre cubanos, sin esperar por nadie.
Para analizar algunos de los factores que han propiciado la
sobrevivencia del castrismo y condicionado la falta de una acción
demoledora por parte de los cubanos, es preciso partir de desentrañar la
raíz del mal. Sin lugar a dudas, las causas del surgimiento de un Fidel
Castro y su aceptación inicial por el pueblo cubano, hay que buscarlas
en la propia Historia de Cuba y en la coyuntura continental e
internacional en que se desarrolló la revolución cubana. No fue para
nada un fenómeno casual ni importado por nadie. En la historia, nada es
casual, todo tiene su causa, por lo general más de una, y sus efectos.
Desde los años 30 del siglo XX, e incluso un poco antes, se había
generado un movimiento de corte populista en América Latina que alcanzó
su esplendor en la década del 50 en algunos países y afectó a todo el
continente de una forma u otra. Ante la profunda crisis que atravesaban
ya los sistemas oligárquicos americanos, la sociedad latinoamericana
estaba necesitada de gobiernos que contribuyeran a la revitalización de
su economía y tomaran medidas que propiciaran una mayor justicia social.
Recordemos los ejemplos de Lázaro Cárdenas en México, Getulio Vargas en
Brasil y Juan Domingo Perón, en Argentina. Salvando sus diferencias,
todos tuvieron en común un programa de corte nacionalista y un paquete
de reformas en defensa de los derechos de los trabajadores y los más
necesitados. Sin detenernos, pues no es nuestro objetivo ahora, en
analizar su objetividad o no, es necesario subrayar su clara inclinación
hacia la demagogia y el totalitarismo.
También en Estados Unidos, Franklin D. Roosevelt había aplicado un
programa similar en respuesta a las necesidades de la clase media
americana y de los trabajadores en general, bajo los efectos de la Gran
Depresión iniciada en 1929. Algunos inclusive han catalogado su política
interna como una suerte de populismo progresivo.
En la década de los años 50 las izquierdas parecían estar en auge,
alentadas por el entonces pujante socialismo soviético que parecía abrir
nuevos caminos y cuyos defensores se habían incrementado con la victoria
alcanzada sobre los nazis al concluir la II Guerra Mundial. No por gusto
se abrió un período de enfrentamiento político e ideológico entre los
dos sistemas, el socialista y el capitalista, que puso nuevamente en
tensión al mundo entero, y que es conocido como la Guerra Fría.
En este contexto, se insertaba muy bien la propuesta inicial del
gobierno castrista. A lo que se sumó otro fenómeno común en
Latinoamérica, y es que la carencia de una fuerte experiencia política y
democrática ha sido sustituida con mucha frecuencia por el caudillismo,
lo cual explica la presencia reiterada de los gobiernos militares en la
región y los golpes de Estado, así como la aceptación de gobernantes
autoritarios.
A todo esto, se unió la absoluta falta de confianza del pueblo cubano en
sus gobiernos de generales y doctores, politiqueros corruptos e ineptos.
No se puede tapar el sol con un dedo. Todos querían un cambio, los de
arriba porque temían las consecuencias del mal gobierno y del
descontento creciente del pueblo y los de abajo porque aspiraban a una
sociedad más justa. Esto hizo posible que, aunque para muchos Fidel
Castro representara el diablo en persona, la gran mayoría lo viera, en
ese momento, como el Mesías.
No obstante, es preciso aclarar que el nivel de aceptación o de rechazo
al régimen no se ha mantenido igual durante todos estos años, en
realidad ha transitado por diversas etapas. La primera, se inició en
1959 y se extendió hasta 1976, cuando fue proclamada la nueva
Constitución[1] mediante la cual se demolieron las viejas instituciones
y se legalizaron las nuevas, así como los mecanismos de control del
régimen castrista. También, para sorpresa de muchos, y a pesar de todo
lo dicho antes por sus dirigentes, con ella se oficializó el carácter
socialista de la revolución A partir de ese momento quedó destruida
totalmente la sociedad civil y el gobierno adquirió el poder absoluto.
Se inició así la dictadura castrista.
Sin embargo, en un inicio, el programa idílico esgrimido por los
revolucionarios en el asalto al Cuartel Moncada y proclamado después
demagógicamente, como el Programa de la Revolución, resultaba muy
alentador y parecía responder a los intereses de todas las clases y
sectores de la población, lo cual le sirvió para manipular y engañar al
pueblo. Poco tiempo después, este Programa fue traicionado y echado a un
lado.
Por otra parte, el talento indiscutible y la personalidad carismática
del líder cubano lo ayudaron a envolver a la mayoría de la población y a
hacer creíbles todos sus proyectos, hasta los más descabellados. Este
impacto popular desarmó a los menos confiados, obstaculizó la labor de
los opositores y le permitió ganar el tiempo necesario para fortalecerse
en el poder.
A su vez, la oposición interna aunque todavía era fuerte estaba
fraccionada y dispersa. Esto facilitó su penetración por las fuerzas
represivas del régimen y prácticamente su aniquilamiento. El gobierno
demostró su fuerza sin límite alguno. Se llenaron las cárceles y se
multiplicaron los fusilamientos. Paralelamente, se produjo el fracaso
del plan de Bahía de Cochinos y se ahogaron en sangre las guerrillas del
Escambray y de Pinar del Río, así como otros movimientos en el país.
Como resultado de todo esto, la oposición se desangró, y aunque no
desapareció, quedó debilitada y descabezada. La mayor parte de sus
dirigentes fueron presos o asesinados y todo el que pudo se fue,
iniciándose el éxodo interminable de cubanos.
Ayuda del exterior
Ante el incremento de la represión y la falta de liderazgo interno se
apoderó de muchos la idea de que la solución cubana dependía de la ayuda
del exterior y esto limitó por un tiempo la efectividad de la
disidencia. Aunque no todos compartían ese criterio, de hecho los
dividió y los debilitó. Unido a esto, la represión del régimen a toda
manifestación de oposición y la imposibilidad del acceso a los medios de
comunicación masiva para divulgar sus acciones, les restó impacto entre
la población cubana. Esto afectó seriamente su labor, prácticamente
hasta la actualidad, ya que los grupos y principales opositores eran
casi desconocidos en el país, hasta fecha muy reciente.
Esta etapa fue clave para el castrismo porque durante la misma se
tomaron todas las medidas que le garantizarían actuar con toda impunidad
en contra de su pueblo,
amparado por la Constitución y protegido por un aparato represivo
diseñado al estilo de la KGB[2] soviética que abarcó todas las esferas
de la sociedad. Por si fuera poco, con la creación de los Comités de
Defensa de la Revolución y la Federación de Mujeres Cubanas, los
tentáculos del régimen llegaron hasta los barrios y las calles de todo
el país. Era prácticamente imposible moverse sin que alguien te
delatara. Incluso, las instituciones religiosas fueron vigiladas y los
creyentes reprimidos de diversas formas.
Durante estos primeros años, el gobierno castrista le fue arrebatando a
los cubanos cada una de sus prerrogativas; incluso fue minando las bases
de su sociedad a partir de la división de las familias por sus simpatías
políticas y separando a los hijos de los padres mediante planes creados
con ese fin, que iban desde el plan de becas hasta el sistema de las
Escuelas al Campo y sus variantes posteriores. Igualmente fueron
socavando los valores tradicionales de la nacionalidad y la cultura
cubanas, e inculcándole al pueblo elementos de otras culturas ajenas por
completo a su idiosincrasia, lo fue desmoralizando y, lo más importante,
le sembró el miedo y la inseguridad.
Hay que entender que no se trata de un miedo cualquiera, es un miedo
crónico[3] que no se limita al miedo a la cárcel, a la muerte, a la
tortura, al exilio, o a la supuesta invasión extranjera. Se ha ido
extendiendo a todo y a todos, al vecino, al amigo, al familiar, a la
pérdida del trabajo, a no tener que vestir o comer, etc. Y ha ido
acompañando permanentemente al ciudadano, cortándole toda iniciativa e
interés. El sometimiento de un pueblo por el terror es un viejo
procedimiento aplicado por la política que cobra mayor efectividad hoy
gracias a los adelantos de la ciencia y la tecnología.
Mediante el abuso de confianza y de poder, el pueblo cubano fue
subordinado al Estado, o mejor dicho, al Partido Comunista, que además
de ser a lo castrista, no tenía contrincante, pues fue el único partido
permitido desde entonces. Por si esto fuera poco, quedó también
constitucionalmente abolido el derecho a oposición, al ser declarado
enemigo de la revolución, y por lo tanto sujeto a sus leyes, todo aquel
que pensara de manera diferente a la establecida por el gobierno y se
atreviera a expresarlo de algún modo. Liborio[4] quedó definitivamente
amarrado y amordazado.
La segunda etapa a analizar se extiende desde la aprobación de la
Constitución de 1976 hasta aproximadamente el año 1989, cuando se
produce el derrumbe del Campo Socialista y la debacle soviética. Durante
la misma quedaron sepultadas definitivamente las esperanzas de los que
aún creían en la posibilidad de una mejoría económica y en el
cumplimiento del proyecto revolucionario.
Al inicio, todavía muchos cubanos pensaban sinceramente que estaban
contribuyendo a la construcción de la nueva sociedad y no reparaban en
cualquier sacrificio en aras de un futuro mejor para sus hijos y nietos.
Esto obviamente fraccionaba la sociedad cubana y limitó la posibilidad
de que prosperara y se desarrollara una oposición más fuerte en ese
momento. Aún no se les había caído totalmente la venda de los ojos.
Afortunados aquellos que supieron evaluar desde el inicio la magnitud
del desastre y del engaño.
Tanto adentro y fuera de Cuba muchos observaban esperanzados los logros
de la revolución en los campos de la educación y la salud, que en esta
época eran en cierta medida reales. Esto contribuyó a aumentar el
prestigio del castrismo ante el mundo, y a que lograra el apoyo de los
organismos internacionales. Incluso, sirvió de instrumento para la
demagogia gubernamental y sus alardes de solidaridad con otros pueblos
del orbe, aun cuando muchos sabían que Cuba sobrevivía gracias al apoyo
financiero soviético y que en realidad lo que se pretendía era exportar
la revolución. Sin embargo, es innegable que ese discurso confundió a
muchos alrededor del planeta durante demasiado tiempo.
Todo esto permitió que a pesar de los errores económicos garrafales
cometidos, que fueron sentando las bases de la crisis estructural de la
economía cubana, se gozara de períodos de cierta bonanza económica que
sirvieron para alimentar las ilusiones del cubano que soñaba todavía con
una Cuba mejor. Esa fue la época del mercado paralelo, que luego fue
reemplazado durante un tiempo por el mercado libre campesino, que tuvo
corta duración, pues una de las bases del régimen castrista ha sido
siempre, y lo será, no permitir el enriquecimiento económico de la
población y mucho menos del sector privado, pues si algo saben muy bien,
es que el poder económico acaba por imponerse al poder político. Por eso
no hay que confiar demasiado en ninguna reforma gubernamental en ese
sentido.
Esta posición de confianza de una gran parte de la población estuvo
reforzada por la élite castrista, una nueva clase social alimentada por
el régimen, que depende de él y por supuesto lo apoya como única forma
de sobrevivencia. Ahí están incluidos los dirigentes del partido y del
Estado, sus familiares y amigos más allegados. Esta masa no es homogénea
y es bastante maleable, así lo han demostrado los hechos posteriores. No
obstante, en esa etapa, aunque profundamente corrupta, les era bastante
fiel.
Con las armas al alcance exclusivamente de las Fuerzas Armadas y el
Ministerio del Interior, con un sistema de inteligencia reconocido como
uno de los mejores del planeta; auxiliados además por los Comités de
Defensa de la Revolución, las Brigadas de Acción Rápida y otros
engendros más creados para vigilar y acosar a los desafectos al régimen
en todas partes, obviamente se hizo cada vez más difícil la acción de la
oposición.
¿Cómo podría competir entonces la disidencia interna contra el andamiaje
castrista y su maquinaria propagandística sin tener recursos, ni medios
para desmentirlos? Todavía hoy, a pesar de la internet, de los
blogueros, del teatro y el cine independientes, y de los celulares,
sigue siendo difícil para los opositores su labor de divulgación y
movilización.
A lo que hay que agregar, que una de las tareas a las que mayor atención
ha dedicado el gobierno, en todos las etapas, ha sido la de crear falsos
disidentes; además de penetrar, dividir, descabezar y desacreditar a la
disidencia real. Esta ha sido, sin lugar a dudas, una de sus cartas de
triunfo hasta la actualidad.[5]
Sin embargo, al finalizar esta etapa, la mayoría de los cubanos se
habían dado cuenta ya del divorcio existente entre la teoría y la
práctica del régimen. Tendencia que se fue a acentuando a partir de la
perestroika y las publicaciones rusas a mediados de la década de 1980.
Que también fueron neutralizadas y atacadas por el gobierno cuando se
percató del peligro que representaban para su control absoluto sobre la
conciencia de los cubanos. Aunque el daño ya estaba hecho, muchos
empezaron a pensar diferente.
A pesar de la aparente estabilidad que gozaba el sistema en esta etapa,
hubo dos momentos en que su control se resquebrajó y reverdeció la
esperanza en el pueblo cubano. Lamentablemente, ni la oposición interna
ni las organizaciones del exilio supieron o pudieron aprovecharlos
convenientemente.
El primero se dio durante la preparación y la celebración del V Congreso
de la Unión de Jóvenes Comunistas en 1987, cuando la juventud cubana,
encabezada entonces por Roberto Robaina, se enfrentó al Partido
Comunista y a su dirección reclamando cambios de todo tipo, económicos,
de igualdad social, de libertad y porque se le diera un espacio político
a su generación. Por supuesto, fueron mediatizados, reprimidos o
aleccionados. Vale recordar que a continuación del evento juvenil
Robaina desapareció, y luego se supo que había sido enviado a combatir
al África en donde estuvo por casi un año. Este pudo ser un gran
momento, pues el líder juvenil había llegado a competir en popularidad
con el propio Fidel Castro, quizás eso explique muchas cosas.
El otro momento interesante se produjo con el caso de Ochoa. La Causa
Número Uno fue una clara expresión de la profunda descomposición del
sistema, pero muy especialmente, del resquebrajamiento del poder
absoluto de Castro. Hay muchos lados oscuros aún en ese asunto y en
otros casos que le siguieron; pero sin dudas significó una fisura
importante en el aparato militar del régimen, que no fue
convenientemente explotada por la oposición interna ni por las
organizaciones del exilio. Aun cuando el régimen pretendiera mostrarlo
como un caso más de corrupción, el pueblo no quedó convencido.
Ahora bien, lo cierto es que muchos cubanos dentro de Cuba perdieron
para siempre sus esperanzas en la revolución a partir de ese hecho. Este
incidente marcó un punto final y un comienzo en el despertar de la
conciencia del pueblo cubano, a pesar de la propaganda, de la represión
y del miedo. Para muchos, se abrió una nueva época.
La segunda parte de este análisis se publicará mañana miércoles.

[1] La Constitución aprobada en 1940, resultaba demasiado democrática
para el gobernante cubano y ladinamente se la quitó del medio en 1976.
[2] Agencia de Seguridad Nacional creada por el gobierno soviético en
1954 para asegurar su poder e influencia dentro y fuera de sus
fronteras. Llegó a controlar todas las esferas de la sociedad. Su
ejemplo fue sabiamente imitado por los Órganos de la Seguridad en Cuba,
y tal vez, superados.
[3] http://www.dinarte.es/salud-mental/pdfs/Lira E – Psicologia de la
Amenaza Politica y el Miedo.pdf Elizabeth Lira Kornfeld. Psicología de
la amenaza política y del miedo, 1991, p. 3.
[4] Personaje costumbrista que representa al hombre cubano.
[5] Ejemplo de esto es como trasladaban a los estudiantes a los lugares
donde se esperaban acciones de protesta de los opositores para que se
manifestaran en contra y los repudiaran. Es obvio que ellos no habrían
avisado a las autoridades para que los reprimieran, y que detrás de todo
estaban los agentes de la seguridad cubana; aunque en ocasiones fuesen
opositores fabricados por el aparato para demostrar al mundo el apoyo de
los jóvenes al sistema. Táctica muy usada por el castrismo.

Source: “¿Popularidad, complicidad o temor? – Artículos – Cuba – Cuba
Encuentro” –
http://www.cubaencuentro.com/cuba/articulos/popularidad-complicidad-o-temor-300320

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