Torture in Cuba
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La ancianidad indigente
LOURDES GÓMEZ | Santiago de Cuba | 15 Jun 2015 – 8:34 am.

El país no cuenta con una infraestructura social y de salubridad para
hacer frente al creciente envejecimiento de su población.

Cada vez es más evidente que Cuba es un país de ancianos. La baja
natalidad y el alto promedio de vida colocan las estadísticas de la Isla
entre los países desarrollados, pero es una ilusión. El país no cuenta
con una infraestructura social y de salubridad para hacer frente al
creciente envejecimiento de su población. Ante esta realidad los adultos
mayores se ven obligados a buscar suplementos económicos para sobrevivir.

Los ancianos son muy activos, en Santiago de Cuba se les ve desde
tempranas horas de la mañana. Son los que hacen los mandados en las
bodegas, saben las fechas de llegada de los escasos productos cárnicos
que quedan en la libreta, organizan las colas y son los primeros para
las compras y también discuten duramente ante cualquier colado, sobre
todo con la llegada del ansiado pollo. Y una vez al mes abarrotan los
bancos para el cobro de sus míseras pensiones.

El recrudecimiento de la crisis económica cubana incide seriamente en
esta capa poblacional, como puede verse en la creciente cantidad de
ancianos que se buscan la vida en las calles. Vivir con una pensión que
no puede cubrir las necesidades básicas es una tortura, por eso en su
afán de buscarse un dinero extra se vuelven vendedores ambulantes. Sus
mercancías son sencillas y no muy lucrativas: caramelos, jabas,
periódicos y revistas, fósforos y cigarros (de este último negocio se
han apropiado casi completamente).

Encuentran en los parques de los barrios de la ciudad sus zonas de
negocio, con sus cajas de Popular, Criollos y Aroma abiertas en una
mano, mientras que en la otra cargan una jaba con las cajas cerradas.
Aprovechan uno de los muchos problemas de abastecimiento de que padece
el país, que los cigarros en moneda nacional escasean y las cafeterías
estatales que los venden han ido desapareciendo ante el empuje del
cuentapropismo, al que no les está permitido incluirlos en sus ofertas.

No necesitan anunciarse; pararse en un lugar visible es la táctica
común. No se habla, todos conocen las normas, se piden los cigarrillos y
se paga. Es un negocio simple, no deja grandes ganancias. Compran las
caja en 7 pesos moneda nacional y venden cada cigarro a 50 centavos. La
ganancia es de 3 pesos por caja; si quieres una caja entera te la venden
a 12 pesos. Para ganar algo tienen que vender mucho, por eso su
estratégica posición en lugares concurridos. Nadie los molesta, para la
policía son inofensivos, dignos de lástima.

Rafael Villalón, es uno de ellos, tiene 75 años, y está jubilado de
barbero, de hecho cuando se retiró, hace unos 15 años, muchos de sus
clientes lo siguieron en su etapa de trabajador privado sin licencia.
Los años y su deteriorada salud ya no le permiten pelar, su vista dañada
y la artritis se lo impiden. Sin embargo, debe buscarse el dinero; con
su irrisoria pensión de menos de 200 pesos moneda nacional no le alcanza
ni para una semana de comidas, a pesar de la libreta.

“Mis hijos me dan un plato de arroz”, comenta, “pero tengo que bajarlo
con algo, con los pesitos que saco puedo comprar leche, huevos o una
patica de macho (cerdo) para no comer pelao”. En sus mejores días vende
hasta 10 cajas y las ganancias solo las utiliza en comida. Va con sus
cigarros a todas partes. Nada le inhibe, a su edad debe alimentarse lo
mejor posible si quiere alargar sus años de vida.

Otros aprovechan la ubicación privilegiada de sus viviendas. Es el caso
de Ramón, de 81 años, que vive con sus hijos, se pasa la mayor parte del
día sentado en el pequeño balcón de su casa, cercana al parque de
Chicharrones. Allí todos conocen el punto de venta. Desde hace más de
dos años es el sostén de la comida de su hogar, expone su mercancía en
una pequeña mesa, completando los cigarros con los también escasos
tabacos y fósforos.

Ramón no deambula, sus hijos se encargan de suministrarle la mercancía.
Tiene problemas en las piernas lo que no le permite desplazarse, pero su
aporte a la economía familiar es lo que hace que el sustento alimenticio
mejore.

Pero el negocio de cigarros al menudeo no es privativo de los barrios
residenciales: en la céntrica Avenida Garzón, casi frente al
encristalado edificio del Comité Povincial del Partido Comunista, hay un
pequeño parque que se ha convertido en el centro del negocio de estos
jubilados desahuciados. Sin ningún recato exhiben sobre los bancos su
variada mercadería. Lo irónico es que el Gobierno de la ciudad no se
conduela del creciente abandono de personas que dieron los mejores años
de su vida a la revolución.

Source: La ancianidad indigente | Diario de Cuba –
http://www.diariodecuba.com/cuba/1434353652_15107.html

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