Torture in Cuba
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El pollito de Néstor
En su exilio, el autor recuerda “El Maleconazo”, en unas circunstancias
complicadas. Un ex miembro de las “Brigadas Blas Roca” comparte piso con
un periodista en Barcelona.
Jorge Ignacio Pérez
agosto 05, 2015

Recuerdo perfectamente aquel 5 de agosto de 1994 (me puedo equivocar en
el día, pero no en la hora, ni en el mes, ni en el año). Yo no sabía
nada de lo que estaba sucediendo. Llegué al periódico como cada tarde y
subí por las escaleras, porque los dos ascensores estaban estropeados.
Casi al alcanzar el pent house, donde habían instalado las oficinas de
la redacción cultural, me crucé con mi jefe en la escalera de caracol,
que chirriaba de óxido hasta más no poder; la escalera, quiero decir.
Las barandillas eran tan emboscadas que casi me arrastró cuando
coincidimos en el mismo punto, y sujetándome, extrañado, le gasté una broma:

-¿Vas a apagar un fuego?

-¿No sabes lo que está pasando?-, me preguntó sin mirarme a la cara y
sin detener la carrera.

Entonces fue cuando me enteré por él de que un grupo de gente había
armado una revuelta en la Habana Vieja y Centro Habana, que estaban
rompiendo vitrinas de tiendas, que lanzaban improperios a los agentes
del orden público y que, en fin, podía estar sucediendo el comienzo de
una revuelta urbana para tumbar al gobierno. La magnitud de aquel
episodio nunca la sabremos si no es por una fuente viva que haya sido
testigo presencial, porque, como era de esperar, la prensa solo se
limitó a decir que se trataba de un grupo de delincuentes que hacían
pillaje. Después de sentarme en mi puesto de trabajo, me quedé pensando
en la cara de mi jefe, en su actitud general, que no escondía el
aspavientos, la urgencia. Además, recuerdo que me dijo que iba volando
hacia el lugar de los hechos. O sea: no iba en funciones profesionales,
sino a defender la mal llamada Revolución. ¿Acaso no había efectivos
suficientes en la policía nacional? ¿Y, en caso de que se tratara de una
revuelta masiva, no estaban las fuerzas del ejército preparadas? Claro
que él no era imprescindible para aplacar la sublevación, pero su deber
de revolucionario (otra vez mal utilizado el término), de militante del
partido comunista de Cuba, tal vez de agente de la seguridad del estado,
le habían disparado el resorte comprimido de servicio a la patria.

Resumiendo: luego me enteré de que las revueltas callejeras sí tenían
tintes políticos y fueron aplacadas en pocas horas por fuerzas
paramilitares vestidas de trabajadores de la construcción, comandadas,
in situ, por el mismísimo Fidel Castro. Esas fuerzas paramilitares no
eran otras que las denominadas Brigadas de Acción Rápida que se
organizaban en los centros laborales de todo el país, conjuntamente
entre los militantes del partido (el único) y los de la Unión de Jóvenes
Comunistas. A mí siempre me pareció una tontería aquellas brigadas.
Quiero decir que me parecieron una manera más de tener a la gente
agrupada y entretenida en la guerra fantasma contra los norteamericanos,
y nunca quise alistarme, aun siendo militante de la juventud. No supe
verdaderamente para qué servían hasta ese día, atando cabos.

Muchas veces subestimamos al comandante refiriéndonos a él como un loco,
un hombre senil y obsesionado con enfrentarse a los Estados Unidos de
Norteamérica. Hasta que un día descubrimos que es un astuto dictador,
que se iba merendando nuestros cerebros poco a poco hasta hacernos capaz
de dar la vida por él en cualquier circunstancia, a ciegas incluso. Por
eso el comandante no perdona a los que se dan cuenta, y es por supuesto
más radical con los que logran escapar de su merienda. Aquel 5 de agosto
sentí pena por mi jefe, y no porque me resultara simpático, sino porque
supe que estaba dispuesto a entregar toda su carrera profesional, su
talento y su obra inconclusa como escritor en una reyerta urbana todavía
en fase inicial. A partir de ese momento comencé a darme cuenta adónde
había ido a parar: al mejor periódico del país –quiero decir: al de
mayor tirada-, pero también a un plantel de compromiso político que a mí
no me interesaba en lo absoluto. Aquella tarde, que resultó el preámbulo
del segundo éxodo masivo por mar más grande de la historia del país,
comprendí en la intimidad de mi oficina que tenía solo dos caminos:
comenzar a construirme una máscara, o comenzar la preparación de un
viaje definitivo, o lo que es lo mismo: empezar a ir dejando poco a poco
la isla.

En Barcelona no había recordado aquella tarde de agosto hasta que llegó
Néstor a mi casa. Néstor era un alma en pena. Tenía los ojos azules
hundidos en sendas cavernas moradas de mal dormir. Tenía cara de loco,
de ser incomprendido y no podía evitar la desgracia en la mirada, por
mucho que intentara comunicar su hombría a toda prueba. Era un jabao con
el pelo corto para evitar la calvicie incipiente y para que no se le
vieran demasiado los rizos, supongo, o también pudiera ser como vestigio
de una educación rígida y militarizada. Me lo presentó la mujer de un
amigo, que lo acababa de conocer a través de su primo, cuyo primo estaba
de paso por la ciudad y lo enlazó en mi vida por cuenta de esa milagrosa
cadena humana que por suerte existe todavía. Néstor andaba buscando
desesperadamente una habitación para irse de La Mina, el barrio más
marginal de Barcelona.

Cuando nos conocimos, me contó que en el apartamento donde vivía
aparecía gente nueva todos los días, que no limpiaban la m… con la
escobilla del inodoro, que se comían su comida y que así no se podía
vivir. Pero la desesperación de sus ojos no venía solo por ese ambiente,
sino además porque estaba llevando una vida de semiesclavitud: trabajaba
casi 12 horas diarias de madrugada, y, cuando llegaba a su cuarto, no lo
dejaban dormir los inquilinos que, además, fumaban porros, según me dijo
con expresión alarmada. Por malas experiencias que he tenido como
administrador de un piso (casero a la fuerza, porque no me gusta este
papel), yo estaba rotundamente negado a convivir con alguien que no
fuera bien recomendado. Pero, para ser sincero, por otro lado yo andaba
buscando un amigo, un amigo hombre, al que pudiera confiarle algunas
cosas y con el que pudiera salir de conquistas.

Un amigo que me empeñé en fabricar de la nada, o más bien de la nada
temporal, porque de acuerdo con mis circunstancias no tenía más remedio
que encontrar un amigo por necesidad. También hay que decir que he
tenido mala suerte alquilando a chicas, aun cuando se pueda pensar que
son más organizadas, más limpias. La última vez que compartí piso con
una (de la que hablaré más adelante), terminé tendiéndole sus bragas al
sol, porque se perdía varios días y me dejaba la lavadora puesta. Así
que Néstor entró en lo que yo le llamo la casualidad del momento
histórico. Por un precio más bajo del que le cobraban en La Mina –esto
no lo declaró él, sino me enteré después por otras vías y por azar-,
entró a mi casa finalizando este último verano, y le abrí, de paso, las
puertas de mi corazón. Supongo que porque tenía ganas de abrirlas, por
identidad nacional, por casualidades históricas también, porque su cara
me daba pena.

Néstor estaba en realidad tan perdido como yo lo estuve hace un par de
años, desorientado y con una fatal división: el cuerpo aquí y la mente
en su casa de La Habana. Era un ser rústico –lo cual no es ninguna
ventaja pero tampoco un defecto- y taciturno, hablador cuando le daba la
gana y mujeriego como yo, a juzgar por sus conversaciones. Desde el
principio me impresionó positivamente que fregara todos y cada uno de
los utensilios de cocina y platos y vasos que usaba. El día que se mudó
–una tarde- cayó un tronco de aguacero como no había visto yo en mucho
tiempo, de esos diluvios tropicales que después, cuando sale el sol,
huelen estupendamente bien. Pero ese mismo día, y ahora me voy a dejar
llevar por el espiritismo, ocurrieron dos cosas importantes: una es que
Anna me llamó por teléfono para invitarme a Roma, y la otra es que, por
la noche, bailando salsa, en compañía de mi nuevo compañero de piso,
conocí a Adoración.

Con el tiempo, Néstor fue contándome cosas de su vida. No había
alcanzado graduarse de la universidad, pero llegó a ser director de una
importante empresa con capital mixto cubano-español. No me era difícil
comprenderlo: era un hombre de confianza del gobierno. Era un militante
de la juventud que alcanzó la categoría de cuadro profesional, que es un
estándar de persona formada políticamente para emprender cargos
directivos de alta responsabilidad, aunque no conozcan el ramo. Salen a
cuenta porque el gobierno cubano valora más la confiabilidad, la
fidelidad, quiero decir. He conocido muchos: desde directores de
periódicos incapaces de redactar una crónica, hasta directores de
hoteles, ineptos en protocolo.

Néstor era uno de estos agentes especiales a los que van rotando por
empresas en dependencia del denominado movimiento de cuadros, para que
no se corrompan y no lleguen a alcanzar demasiado poder. Desde mi punto
de vista, tenía un rasgo de su personalidad negativamente añadido: era
muy poco humilde, lo cual le hacía sufrir más porque, en los casi dos
años que llevaba en España, no acababa de asumir que su vida había
cambiado, que tenía que reciclarse en emigrante, con todos los riesgos,
venturas y desventuras que eso conlleva a los 40 años. Continuaba con su
discurso de dirigente, montado en una nostalgia poco compasiva que lo
iba destrozando todavía más que las madrugadas de estibador de muebles;
y no podía evitar sentir envidia con respecto a mí. Por la sencilla
razón de que yo era su casero, el administrador de los pagos del
alquiler, la luz, el agua y el gas. Me daba la impresión, por la manera
en que me hablaba, de que nunca se detuvo a pensar en que yo también
llegué a España con una maleta, y que estuve casi cuatro años
indocumentado buscándome la vida en trabajos duros pero dignos. La
respuesta de su tortura, supongo yo, estaba en que no salió de Cuba por
convencimiento político, sino porque, como muchos dirigentes
itinerantes, un día cayó en desgracia y no pudo hacer otra cosa que escapar.

Entre las historias que conversamos en el salón de mi casa, tomándonos
un buen ron y fumando –él un puro y yo un cigarrillo-, estaba aquel
pasaje de su vida que me hizo recordar a mi jefe remontándome hasta
agosto de 1994, un año imposible para vivir, con unos cortes de luz
eléctrica a estas alturas prácticamente innombrables por el dolor que
provoca el ejercicio en la memoria, un año en el que comíamos zumo y
piel de toronjas y col mañana, tarde y noche; un año en el que yo
cerraba la página de cultura todas las noches y luego me iba en
bicicleta para mi casa por las calles oscuras, con el miedo sembrado en
el estómago porque en aquella época te mataban para robarte la
bicicleta; un año en el que terminé en el psiquiatra –el pobre médico,
Arturo, lo recuerdo, no sabía qué decirme para ayudarme a superar una
crisis nacional-, porque se me unió un divorcio con todas la penurias
aquellas; un año en el que yo tenía que escribir críticas de puestas de
teatro que hablaban en clave de lo mismo que estaba pasando en la calle;
un año en el que miles se marcharon del país cruzando el muro del
Malecón, y murieron, lógicamente, muchos, y muchos nunca aparecieron.
Porque, sí, la vida da muchas vueltas.

Mientras Néstor me contaba que él había sido uno de los que, vestido con
camiseta blanca del contingente Blas Roca Calderío, brigada nacional de
albañiles de la construcción, reprimió a golpe y porrazo la revuelta del
5 de agosto, por dentro escuché la voz de mi padre que me imploraba
perdón. Y lo perdoné, en nombre de mi padre que ha vuelto a refugiarse
en la fe católica y que está a favor de la reconciliación nacional.
También en nombre de todos los que hemos creído alguna vez en la mal
llamada revolución cubana, y en nombre mío, que había crecido tanto en
los últimos cuatro años de exiliado.

Capté la necesidad que tenía Néstor de recuperar el poder, su poder, que
no tenía por qué ser igual que el mío. Pero él estaba deshecho ante la
imposibilidad de comprender el mundo, ante la inmodestia, y me utilizó
para crecerse por unos instantes de extrema disipación, lejos,
mentalmente, de los muebles que él cargaba de madrugada y de los
viejitos que yo cuidaba por el día; empapados de ron, mirándonos de
soslayo por culpa de esa actitud machista que nos caracteriza y nos
atropella desde que éramos niños. Entonces volví a reencarnar en mi
padre, y perdoné a Néstor.

También lo perdoné otra vez que, viéndolo hacer un esfuerzo sobrehumano
para poder pagarse una vivienda, una comida y guardar algún dinero para
sus hijos, le propuse que dejara las madrugadas y se fuera para mi
empresa, que admiten trabajadores sin documentación. Yo realizo un
trabajo duro, pero al menos no corro el riesgo de que se me pierdan los
ojos dentro del cráneo por las malas noches, y tengo menos
probabilidades de padecer de una hernia discal por acumulación de peso.
Me dijo que no, que me lo agradecía, pero que él no estaba dispuesto a
limpiarle el c… a la gente. Néstor debió morderse la lengua y no lo
hizo, y yo, que debí decirle que limpiando m… he montado la casa donde
él vive, me callé. Pero volví a perdonarlo. No hay nada peor que estar
perdido, sin expectativas, sin garantías legales, no reconocido por un
país y fugado de otro, impersonalizado en una ciudad estresante y
estresada que no te brinda una oportunidad para auto-estimarte. Lo he
vivido en carne propia, y cada día intento superar esa maldita
circunstancia, con recursos del pensamiento, con humildad.

Al cabo de los cuatro meses de vivir en mi casa, Néstor me informó que
su mujer venía de Cuba a pasarse 20 días con nosotros. Él mismo le había
financiado el billete de avión y ella había conseguido un visado a
través de una empresa con capital extranjero en la isla. Me confesó que
verla era como una válvula de escape, como una tregua para continuar
hasta que pudiera regularizar su situación aquí, que había reunido
dinero para ese propósito. Yo le dije que no había problemas, que el
espacio que teníamos lo compartiríamos como buenos hermanos, pero que
estuviera preparado porque, cuando ella marchara, iba a ser peor de
soportar la distancia. Para navidades, Liudmila llegó a esta casa una
noche en que bajó la temperatura a 4 grados. Adoración estaba aquí y
salimos los cuatro a tomar cerveza y comernos un shawarma cada uno. En
días sucesivos, me ofrecí para enseñarle la ciudad a Liudmila quien,
coincidentemente, se apellidaba Castro; pero ella estaba concentrada en
las tiendas y no quiso aceptar ningún paseo. Una tarde llegué del
trabajo con hambre y con prisa, porque tenía horario partido. Néstor
estaba durmiendo y Liudmila cocinando. Cuando me acerqué a mirar lo que
hacía, se apresuró a decirme: “¡Aquí me ves, terminando el pollito de
Néstor!”.

Como soy de donde mismo vino ella, entendí que no estaba invitado. Es
fácil: el diminutivo que tanto se utiliza en Cuba, de alguna manera
suavizaba la exclusión de la mesa, fonéticamente. La conclusión que
saqué, ipso facto, fue que ella (ellos) no me iba a mantener a mí, que
si quería comer que me cocinara, que me comprara la comida. Y otra
conclusión: el poco dinero que tenían se lo gastarían en pacotilla. Yo
le había advertido a Liudmila que, en España, comer no es un problema.
Se lo dije así lacónicamente porque supuse que no hacía falta más
ilustraciones. Pero me equivoqué. Me estaba sintiendo excluido en mi
propia casa y me daba mucho dolor. Tuve que invocar a mi padre de nuevo
para conseguir perdón. Lo hallé. Junto con el recuerdo de la ética
intachable de mi padre, encontré una de las secuelas del totalitarismo
en el que crecimos los tres que en esos momentos habitábamos el
apartamento del centro del Barcelona. Esa misma noche vino Dora y
compartimos techo las dos parejas, separados por una estrecha pared de
pladur. Le dije que no se cohibiera, que disfrutara sus orgasmos.
Después de que Dora gimió todo lo que quiso, comenzaron Liudmila y
Néstor a menear la cama contra la pared.

-¡Que sean lo felices que puedan!- le comenté a Dora al oído-. La
mayoría de las veces, las miserias que llevamos dentro nos las provocan
las propias circunstancias del país donde vivimos. Los culpables no
somos nosotros. Son los gobiernos.

Barcelona, diciembre 2005

Source: El pollito de Néstor –
http://www.martinoticias.com/content/maleconazo-barcelona-exilio-autor-recuerda/101505.html

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