Torture in Cuba
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José Martí y Fidel Castro, o las antípodas de «lo cubano»
¿Es ciertamente Fidel Castro el heredero de Martí, en algún sentido?
José Gabriel Barrenechea, Santa Clara | 28/01/2017 12:43 pm

Desde los mismos inicios de su carrera política Fidel Castro buscó a
plena conciencia presentarse como el único heredero legítimo de José
Martí. En persona, o a través de la labor de incontables aduladores
suyos, el Comandante se ocupó de atiborrar los imaginarios del cubano de
a pie con una serie de imágenes o referencias textuales que lo
ratificaran como tal.
Recordemos aquella foto suya, bajo una imagen del Apóstol, tras su
arresto por los sucesos del Moncada. Primer hito en ese constante bregar
por trasvasar la legitimidad de aquel hacia su persona[i], en que el
detenido supo aprovecharse de las libertades que frente a las cámaras de
los reporters permitían los militares de la anterior dictadura, para
correrse en la dirección más prometedora para una carrera política que
él sabía bien, tras escapar a una casi segura ejecución extrajudicial
antes de que su arresto fuera reportado a la prensa, no había terminado
ni mucho menos. Su posterior gesto de achacar la autoría intelectual de
aquel disparatado ataque a Martí, en respuesta a las preguntas del
fiscal sobre quién lo había enviado allí (¿acaso Prío?), es muy probable
que se le haya ocurrido en aquel instante en que, tras atisbar la foto
de Martí en la pared del cuartel, se escurrió ligero bajo ella. Pero sea
cual fuere el origen de ese acusar a Martí de ser el imposible “autor
intelectual” del asalto al cuartel Moncada, una epifanía en medio del
juicio o una respuesta preparada desde mucho antes, en todo caso tal
acción solo demuestra la referida voluntad consciente de vampirizar la
legitimidad ajena.
Recordemos también aquel documental de los setenta, Mi hermano Fidel, en
que sin ningún empacho se usa a cierto campesino anciano, que de niño
había tenido el privilegio de conocer al Martí recién desembarcado para
la Guerra Necesaria, con el fin de imponer en los imaginarios de las
audiencias cubanas una supuesta continuidad entre ambos hombres.
Voluntad consciente de trasvase, transparente para cualquiera no
enceguecido por la pertenencia a la Iglesia de Castro y educado a su vez
en los entresijos del séptimo arte por Enrique Colina desde 24 x
Segundo, ya que Santiago Álvarez, su realizador, no echó mano de ningún
sofístico recurso de la narrativa cinematográfica y por el contrario
todo quedó en la más meliflua utilización del melodrama político y sus
recursos más evidentes. O aquel otro documental, contemporáneo de este
primero, La Odisea del Granma, en que a pesar de que el tema es la
travesía y desembarco del Granma, el Fidel Castro que cuenta su papel en
tal experiencia no lo hace desde Las Coloradas, lugar de arribo de ese
yate, sino desde Playitas de Cajobabo, el de Martí. En este último
sitio, por cierto, hacia el final de esta obra la cámara se explaya
durante un buen rato en la imagen del Comandante que se pasarelea por
esa playa. Y no se puede dejar de lado aquella representación teatral en
ese mismo lugar sagrado, en la noche del centenario del arribo allí del
Apóstol, en la que el Fidel Castro que según las malas lenguas había
sido extra en alguna superproducción de Hollywood realiza su más
recordada actuación, al sostener una bandera de la estrella solitaria en
la misma línea del mar, como si en aquel lugar el espíritu de Martí se
hubiera corporizado por un instante para dejársela en sus manos…
Pero más allá de que creamos o no en los fenómenos paranormales,
creencia tan de moda en la década de los noventa, cabe preguntarnos: ¿Es
ciertamente Fidel Castro el heredero de Martí, en algún sentido?
En un anterior trabajo para este medio nos hemos referido a las
abismales diferencias políticas entre ambos hombres. Compararemos a
continuación los caracteres, las psicologías mutuas. En esta cuerda nos
atrevemos a comenzar insistiendo en que difícilmente podría encontrarse
a dos cubanos más diferentes que estos dos individuos, al punto de que
un cotejo de ambos resulta ineludible si es que se quisiera explorar las
antípodas de lo cubano.
El Martí niño no debió de andar muy lejos de esa representación que de
él nos ha dejado Fernando Pérez, en Martí, el ojo del canario. Debió ser
él un niño hipersensible y en consecuencia muy impresionable, atenazado
de miedos ante un mundo que a un espíritu tan desmesurado como el suyo
debía resultarle punzante, opresivo hasta la tortura, de muy difícil
inserción en las sociedades infantiles en que, por su condición de niño
pobre, habitante de los barrios proletarios, le toco vivir. Como el de
Fernando Pérez el Héroe Nacional de Cuba debió ser frecuente víctima del
bulling. Y es que la grandeza de hombres semejantes se descubre no en
otro detalle que en esa capacidad de superar sus miedos por una aguda
conciencia del deber, de su deber. Es casi seguro que el Martí adulto,
nervioso e hiperquinético, haya seguido siendo en el fondo el mismo niño
asustado ante un mundo que impresionaba sus sentidos con esa fuerza que
solo los escasos condenados a semejante dolor pueden entender, un hombre
de muy superior inteligencia, con una clarísima conciencia de ella, pero
que es antes que nada consciente de que esa superioridad nunca puede ser
usada en pro del más chato interés personal, sino puesta al servicio de
los demás.
Por su parte el niño Fidel Castro es algo muy distinto. Aquella primera
imagen suya, con la cabeza llena de tirabuzones y vestido con una bata
que quizás hubiera estado de moda en la Era Victoriana, ya hacía mucho
muerta para 1926, no es de ningún modo la de un niño sensible o
temeroso. Incluso si se compara con la primera imagen de Martí que se
conserva, de cuando tenía siete u ocho años más que él, resalta la
abismal diferencia. La inocencia resalta en la mirada del Martí
pre-adolescente que exhibe una medalla al pecho ganada por mérito
escolar, mientras falta por completo en la del “Fidelito” de 2 años. Y
es que en esa primera foto de Fidel Castro solo se descubre al niño
prepotente, gran despanzurrador de lagartijas, al que en la fabulación
de Fernando Pérez solo cabría encontrarle acomodo en el bando de los
abusones.
Aclaremos que contrario a lo sostenido por sus más enceguecidos
opositores Fidel Castro fue sin dudas un individuo bastante más
inteligente que la media humana, de una inteligencia comparable a la de
Martí. No obstante, lo que importa es la diferencia entre los espíritus
que se sirven de esas inteligencias; ya que la inteligencia es solo una
herramienta del espíritu humano. En consecuencia, lo que nos interesa
aquí no es quién resulta más o menos inteligente, sino las diferencias
que se dan en la evolución e interacción de esas inteligencias dentro de
estructuras del carácter abismalmente diferenciadas. Así en El Apóstol
la sensibilidad superior y la consiguiente experiencia más clara de los
dolores y miedos que atenazan al ser humano lo llevan a comprender, a
sentir propiamente al otro, que para él no es algo abstracto, sino una
realidad humana concreta, idéntica a la suya. En Fidel Castro la
inteligencia poderosa, pero insensible, se transforma más bien en
herramienta de dominio que de servicio y compasión. Para el Comandante,
un niño grande que por siempre estará condenado a ver el mundo desde
dentro de sí, al faltarle la imprescindible experiencia de las
limitaciones y los miedos humanos, las personas son siempre entes
abstractos, piezas de un gran juego de manipulación. Como lo demostrará
su posterior manera de gobernar: Fidel Castro no gobierna en el exacto
sentido de la palabra, juega más bien con el país, como si este fuese
una gran granja de figuras de plástico en la que vivaquea un ejército de
soldaditos de plomo.
La evolución posterior a la niñez de ambos hombres claramente acentúa la
diferenciación señalada: Martí nunca será un hombre de armas, ni aun un
deportista. Comienza su vida política a los 16 años, al
responsabilizarse él solo por un delito por el que solo se enviaría a un
adolescente a prisión bajo el desgobierno de las chusmas
voluntario-integristas, o cien años después bajo el de las
cederisto-castristas: expresar su opinión. Por su parte Fidel Castro lo
hará un poco más tarde, a los 19, y como un gánster universitario de UIR
(Unión Insurreccional Revolucionaria), alguien a quien la prensa de la
época, y no solo de derechas[ii], lo acusó en su momento de haber
participado en más de un ajuste de cuentas.
A quien pueda resultarle chocante esta afirmación sobre los inicios
políticos del Comandante lo invito a que revise la famosa foto suya
recién ingresado a la Universidad, rodeado de sus muchachos en una
evidente pose de guapetón y enfundado en un abrigo de cuero, pero no
solo por su procedencia oriental que siempre lo haría más sensible a la
más fresca atmósfera atlántica de La Habana. Distaban todavía algo los
años en que el abrigo de cuero sería el símbolo de los relativamente
pacíficos “rebeldes sin causa”, y esta prenda conservaba aún el sentido
simbólico anterior que James Dean y compañía reciclarían: el de ser
pieza infaltable de los “hombres de acción”, de los duros de verdad y no
de los muchachitos de su casa con problemas generacionales. Si se revisa
la iconografía de la época, desde afiches de películas de gánsteres
hasta las frecuentes imágenes en la prensa nacional de los principales
líderes del Bonche, se intuirá a quienes estaba tratando de imitar y
emular el joven que algunos años después haría lo imposible por borrar
esos orígenes gansteriles. Solo cabe decirse que no era a Martí…
Quizás no nos quede un documento más concreto del carácter completamente
contrapuesto de ambos, dentro de lo cubano, que sus diferentes
oratorias. Porque si bien es innegable que ambos son cubanos esenciales,
lo son desde los dos polos opuestos de lo cubano.
Martí es el orador de los arrobamientos discursivos, de las epifanías.
Ese torrente continuo y poderoso de ideas e imágenes, en un español
innovador para su época, no le sale de la intención de controlar
demagógicamente a quienes lo escuchan. Algo en su interior lo lleva a él
también en andas. Él también es arrastrado por la Patria que siembran
sus palabras en el espíritu de sus audiencias. Y la Cuba que se crea en
ese acto mistérico es la Cuba con todos, y para todos. Porque Martí no
excluye ni aun a los españoles, ni a los autonomistas. Así raramente
sale de sus labios un denuesto o una forma impropia, ni tan siquiera al
referirse a los peores enemigos de su Patria.
En contraposición la facundia de Fidel Castro parece tener su origen en
el discurso político de los revolucionarios tiratiros de la Universidad
en la que él ingresara en 1945. Su español es correcto, pero nada más.
Nadie antologaría ninguno de sus discursos, ni aun el más fanático de
sus seguidores ilustrados, en el caso de que el criterio de selección no
fuera otro que la forma. Mas lo principal en Fidel Castro es ese
evidente principio de nunca caer en éxtasis, y de mantener muy fría la
cabeza mientras se manipula a las audiencias en formas para nada
sutiles. Y como esa audiencia es en lo fundamental de dos grandes
procedencias —la cubana de los elementos más humildes o la de los
sectores de clase media afectados por un nacionalismo radical—, su
discurso echa mano continuamente de los códigos de la guapería barrial
cubana. De ese modo al desafiar a los yanquis a que vengan, porque “aquí
si hay hombres de verdad”, persigue dos objetivos definidos: de un lado
se identifica con el elemento humilde cubano, para el cual esos códigos
son los suyos, con lo que se hace “uno más”, y del otro se gana al
importante elemento nacionalista radical de clase media, y hasta de
clase media alta, al enfrentarse a los americanos con sus maneras de
guapo de barrio. Esto a su vez crea un ingenioso sistema de vasos
comunicantes entre ambos grupos, que permite el trasvase de valores
entre ellos: el elemento humilde adopta los mismos códigos
ultranacionalistas de un importante sector de las clases medias
educadas, a la vez que estas a su vez se abren a los códigos de la
guapería criolla. O sea, los acerca y a la vez crea una nueva afinidad
hacia él en ambos grupos, al convertirse en una especie de unificador de
lo que de inmediato pasa a ser “lo mejor de la Patria”, lo único en
verdad patriótico dentro de ella, mientras a la vez excluye a quienes no
están con él.
Es por ese principio excluyente esencial a su oratoria que la misma está
llena de denuestos, y también la razón de porqué la Cuba que nace de ese
acto formador, su discurso en la Plaza, solo puede ser algo muy
diferente del proyecto martiano: La Cuba de quienes están con él de
manera incondicional, en contraposición insalvable a quienes no, o
incluso a quienes solo expresan la más ligera de las dudas aun desde
posiciones muy próximas a la suya. La Cuba, en fin, de los guapos y de
los antimperialistas que expresan ese sentimiento político en los
códigos de la guapería criolla[iii].
Pero es en el aventurerismo y la tendencia a la precipitación de Fidel
Castro en donde resulta más difícil de ocultar la radical diferencia
entre ambos hombres: A pesar de la reescritura posterior de la historia
nacional en función de su biografía personal, de su reacomodo en nuevos
moldes menos chocantes para el ensalzamiento de su figura, aun en esa
neo-historia nacional se transpira la improvisación, la irreflexión, y
hasta el disparate en todo lo emprendido por el joven Fidel Castro. Al
menos hasta que los continuos descalabros lo hagan ganar experiencia y
sus muchos años en el poder lo conviertan en un maestro de la política,
entendida como arte de permanecer en él indefinidamente.
Atacar el Cuartel Moncada con poco menos de un centenar de hombres en
una acción comando, sin armas automáticas y sin granadas, armados en lo
fundamental de fusiles de caza calibre 22, que solo de casualidad
mataban, no pasaba de un disparate; solo concebible por un iluso de la
misma especie que Rafael García Bárcenas, que poco antes había intentado
más o menos lo mismo con el campamento militar de Columbia. En la 3ª
fortaleza militar de la dictadura marcista (la 2ª era la Cabaña, sede
del regimiento de artillería y de algunas unidades menores) había poco
más de 700 soldados, a los que con semejante número de asaltantes solo
cabía neutralizar en un muy coordinado plan llevado adelante por
comandos muy curtidos, armados de metralletas y granadas ofensivas. Mas
no hubo nada de ello y por sobre todo sorprenden los detalles del plan
de ataque, por su candidez.
Por su parte la invasión del Granma es otro de esos disparates completos
que en nada se parecen a los cuidadosos planes concebidos por Martí en
1895. Hasta ahora no ha quedado claro cuál era el verdadero plan del
Granma, y no resulta muy infundado pensar que salvo cuatro o cinco ideas
muy difusas y novelescas, tal cosa no existía en la cabeza del futuro
Comandante. Porque el que finalmente resultó, el de la guerrilla en las
montañas, no podía ser verdaderamente el elegido desde un principio. ¿A
qué aquello de que “en 1956 seremos libres o mártires”? No es posible
que ni aun por la alocada cabeza del joven Fidel Castro, o por las de su
banda de muchachos demasiado intoxicados de producciones hollywoodenses,
pasara la idea de que desembarcando el 1 de diciembre, y trepándose a
toda carrera en las montañas de la Sierra Maestra a continuación,
pudieran haber logrado derribar a Batista antes de Nochevieja. De hecho,
si consiguieron hacerlo así, pero no antes de la de 1956, sino de la de
1958, se debió en buena medida a imponderables con los que el Comandante
no contaba y a los que después ha tenido el buen cuidado de borrar de
cualquiera de las interpretaciones de “su Epopeya” particular. Porque si
esta tuvo tan feliz y rápido final se lo debe Fidel Castro en primer
lugar a las continuas intentonas de golpe militar constitucionalista,
que dejarían al ejército de la dictadura sin oficiales de carrera, a
merced en su lugar de ese material tan escasamente apto para operaciones
de envergadura superior al arresto de algún individuo desarmado: los
guapetones de barrio y los maleantes de esquina, a quienes el “Indio”,
hombre de esos mismos orígenes, les franqueó siempre las puertas de las
instituciones castrenses, y en segundo a la repulsa que entre la
población y hasta entre no pocos miembros del propio ejército provocó la
brutal represión batistiana, sobre todo al cruzar una línea que había
sido respetada como sagrada por anteriores represores cubanos: la mujer,
y sobre todo la “señorita”, categoría tan sagrada en la mentalidad del
cubano de los cincuenta. En este sentido el impacto que tuvo la
violación, tortura y posterior asesinato de las hermanas Giralt nunca ha
sido suficientemente apreciado en el increíblemente rápido derrumbe de
la Dictadura. El cual, por cierto, se inició nada menos que con la
prohibición de venta de armas al ejército batistiano dictada por
Eisenhower, en marzo de 1958, cuando el bando fidelista estaba muy lejos
de haber revertido la situación a su favor, ya que en las ciudades era
evidente la eficiencia de los órganos represivos de la dictadura para
eliminar a los grupos de acción y sabotaje, y aun en las mismas
estribaciones de la Sierra Maestra el ejército mantenía posiciones
claves, de las que los rebeldes no habían conseguido desalojarlos.
El Granma en sí era una operación, a lo que parece, para desembarcar en
Santiago de Cuba o en todo caso en Manzanillo, tomar aquella primera
ciudad gracias a la ayuda de los hombres de Frank País, que abrirían el
camino[iv], entregar las armas al pueblo y llamar a la Huelga General.
Lo cual era el paradigma que seguían las expediciones en la Cuba
republicana, al menos desde la que desembarcó en Gibara en 1931 con el
objetivo de derribar a Gerardo Machado, y desde el éxito de la Huelga de
julio y agosto de 1933. Un esquema que había estado en los planes de
cuanto revolucionario cubano concibiera derribar gobiernos, mediante la
violencia, desde el 12 de agosto del 33 en adelante, incluido Guiteras,
los auténticos más radicales o los gánsteres-revolucionarios de los 40,
y que incluso se repetiría en alguno de sus aspectos después de
diciembre de 1956, en los sucesos del 5 de septiembre del año siguiente
en Cienfuegos, o en 1961, con la expedición de la Brigada 2506,
primeramente dirigida contra la ciudad de Trinidad. No olvidemos,
además, que Fidel Castro comenzaría su carrera de expedicionario en una
aventura semejante, la de Cayo Confites, dirigida a derribar a Chapitas,
el dictador de la República Dominicana.
Frente a ello es conocido el cuidado martiano por no aventurarse en
empresas sin una previa y meticulosa preparación. El esfuerzo del 95 ha
sido dispuesto por él con esmero, y si de hecho el Plan de la Fernandina
ha culminado en el trágico final conocido, solo podemos achacarlo a los
imponderables, que en Cuba parecen trabajar siempre para mal de los
buenos y de quienes calculan cada uno de sus pasos, a la vez que en pro
de los improvisados, los aventureros y de quienes son animados por sobre
todo por la soberbia. Alguna maldición aborigen, como ha elucubrado más
de uno de nuestros pensadores ante esta desgraciada tendencia en el
desenvolvimiento de nuestros asuntos nacionales.
En 1880 el Martí de solo 27 años ha quedado desde el extranjero al mando
de la Guerra Chiquita, tras la salida hacia Cuba de Calixto García y su
posterior odisea en la manigua que provocó su total incomunicación por
meses. No obstante, esta posición no lo ha ensoberbecido. Martí no ha
querido conservarla a ultranza, y cuando comprende que todo está perdido
es el primero en enviar cartas a los caudillos insurrectos que aun
pelean en los campos de Cuba, para pedirles que depongan sus armas ante
la realidad, no ante las de España. En contraste con Fidel Castro, cuya
principal y única táctica para a ascender en los ambientes de la lucha
antibatistiana parece ser la de perseverar, caiga quien caiga, pero
sobre todo si no es él, Martí prefiere echarse a un lado arriesgándose
al olvido o hasta a ganarse la mala fama de timorato y aun de traidor.
Todo antes que llevar a su Patria por el camino de la Revolución, cuando
le parece no haber condiciones para ella: Y es que si para Martí la
Revolución solo cabe promoverse cuando existen las condiciones, nunca
antes, y de ahí su abandono de proyectos o su crítica sin tapujos a
alzamientos que considera anticipados, para Fidel Castro la Revolución
no necesita nada más que de la voluntad de los revolucionarios.
Esa diferente actitud es consecuencia del lugar que cada uno de ellos se
asigna en la lucha, pero sobre todo en el mundo. El Martí que espera con
paciencia la maduración de las condiciones es un hombre que no tiene una
idea para nada exagerada de sí mismo. A él le cabe el mérito de
organizar la lucha para no desaprovechar esa ventana histórica de
posibilidades que abre el gobierno de Madrid con su obtusa política de
cerrarle a la Isla su comercio natural con EEUU. Pero también comprende
que una vez comenzada la lucha, en el exacto momento en que esta consiga
alcanzar el estado de auto-mantenimiento, ya él no será imprescindible.
Como le avisa a Manuel Mercado en la última carta que alcanza a
escribir: “Sé desaparecer”. Nada más que lo contrario puede ser dicho de
Fidel Castro. En su cabeza no cabe eso de esfumarse. Para cualquiera,
incluso para los más obcecados castristas, es evidente que no es la
humildad lo que habita en el corazón de esos hombres que consideran que
su sola voluntad basta para hacer revoluciones, 10 millones de toneladas
de azúcar, desecar todo el golfo de Batabanó o armar como a un nuevo
Frankestein a ese homúnculo llamado Hombre Nuevo.
Ese contrastante auto-posicionamiento en el mundo explica el que Martí
desacate las órdenes de quien en ese momento era en propiedad su
superior jerárquico, el mayor general Máximo Gómez, y se lance a la
acción de Dos Ríos, quizás remedando al Andréi Bolkonsky que, en La
Guerra y la Paz, se lanza colina abajo al frente de un regimiento para
salvar a los suyos de la derrota en Austerlitz. A la vez que el Fidel
Castro ya cabeza indiscutible de su ejército guerrillero, y a pesar de
su natural por completo refractario a aceptar que otros le impongan
aquello con lo que él no concuerda, acate con tanto respeto el pedido de
sus oficiales de que se preserve y no participe en las acciones de
guerra. El primero, consciente de lo limitado de los recursos de
cualquier humano, y por lo tanto con una idea realista de su posición
personal en el mundo y en esa cadena de sucesos que es la historia, se
da cuenta de que lo más importante que uno puede dejarle a los demás es
el ejemplo, por sobre todo el ejemplo de confiar en ellos, en su
capacidad propia para hacer lo justo y alcanzar ese bien tan elusivo, la
felicidad; el segundo, encerrado en ese castillo interior a que lo
condena la conjunción de una potente inteligencia en un alma de
sensibilidad grosera, solo confía en su férrea voluntad que conduce con
mano de hierro a ese atajo de ciegos e imbéciles incorregibles que ni a
derechas saben que es lo mejor para ellos.
Y es que Martí, criado en la pobreza digna de los barrios proletarios de
La Habana por padres severos pero justos, sensibilidad superior que
desde su posición humilde atisba las complejidades del drama humano,
sabe que lo que importa es lo que uno logra encender en los corazones
ajenos, y nada más. Mientras que Fidel Castro solo alcanza a pensar a
los demás como párvulos, o en todo caso como los siervos de la hacienda
feudal de su padre, en que creció, en los cuales no cabe esperar que se
encienda nada y por quienes lo único que puede hacerse es tratar de no
faltarles. En esencia uno ve a los demás desde la posición del demócrata
consecuente, y el otro no ya ni desde la del déspota ilustrador
dieciochesco que sueña con encender las luces en las almas ajenas, sino
desde la del ancestral caudillo paternalista que, si acaso se preocupó,
dado su carácter mortal, por encontrar algún clon suyo que viniera a
sustituirlo a su muerte.
En esta diferente y radicalmente opuesta visión de ambos de sus lugares
en el mundo y la historia es que se descubre la razón de la incapacidad
crónica de Fidel Castro para comprender a cabalidad el trascendental
papel de Martí en la Historia de Cuba. Fidel Castro solo sabe insistir
en la desgracia de que Martí nos faltara en 1898, pero nunca comprende
que si Cuba no terminó por precipitarse en la órbita americana se lo
debe a la memoria de aquel hombrecito nervioso que lo había dado y
dejado todo por la independencia de su Patria; memoria que en los
cubanos se fue agigantando a medida que transcurría aquella guerra. No
comprende que, si la Guerra del 95, como cualquier enfoque economicista
de la historia hubiera predicho, no fue solo el recurso para recuperar
la relación comercial con EEUU, para volver en 1902 al Tratado de
Reciprocidad por el que se clamaba en la Cuba de 1894, se lo debe al
sacrificio de aquel hombrecito casi desconocido para la mayoría de los
cubanos al mediodía del 19 de mayo de 1895. Que Martí no nos ha hecho
independientes y libres a resultas de su “guía luminosa”, sino del
ejemplo de su Vía Crucis existencial.
Y es que no puede entender, claro está, que si él mismo ha tenido su
oportunidad se lo debe a los altísimos estándares a que Martí nos ha
enfrentado a los cubanos. Así, ante una realidad nacional que siempre ha
parecido más propicia para esos rasgos tan habituales en el carácter
cubano, la apatía, la pereza intelectual, ese sordo individualismo
nuestro que nos empeñamos en ocultar mediante la chocarrera y constante
violación de la intimidad ajena, o a través de la aparente apertura
desprejuiciada de la propia… no hemos podido a su vez más que sentirnos
una y otra vez avergonzados de tales rasgos al quedar solos frente a la
imagen del Apóstol, en esos escasos momentos en que abandonamos la
actitud con que la mayor parte del tiempo intentamos aturdirnos mediante
la liviandad, el choteo, el fingido sensualismo… Una imagen que es la de
una completa absorción en la concreción de una obra, o de una
sensibilidad tan puesta en el otro como en él mismo.
Paradójicamente, al menos en apariencias, el que Martí se haya
convertido en algo así como en la estrella polar que nunca les faltará a
los cubanos que por siempre busquen perfeccionarse a sí mismos, explica
en alguna medida el que Fidel Castro pudiera llegar a revertir de tal
manera la obra martiana como lo ha hecho. Son tan altos los estándares
que nos ha dejado Martí, al menos si se comparan con nuestra liviandad
constitutiva, que al sentirse “apenados” de no tener la suficiente
disposición para alcanzarlos por sus propios medios, quizás se cierto,
atenazados por las necesidades del día a día en una Nación condenada a
depender demasiado de las decisiones tomadas en otras latitudes, muchos
cubanos han optado por tomar un atajo: Más que intentar imitarlo, han
preferido adorar al primero que tuvo la suficiente combinación de
atrevimiento y fortuna para presentarse a sí mismo como el nuevo Martí,
su único legítimo heredero[v].
Algo similar a lo que ha ocurrido históricamente en muchas religiones
que comenzaron como un llamado de perfeccionamiento al individuo, y con
el paso del tiempo y la humana necesidad de las mayorías de vivir en lo
cotidiano más que en lo trascendente, terminaron por descargarlo de
semejante responsabilidad en tan arduo camino, traspasándola en su lugar
al propio Dios, y en todo caso a alguna institución vicaria suya sobre
la Tierra.
Eso ha sido Fidel Castro para no pocos cubanos: El sucedáneo de su
esfuerzo personal perfeccionador, la divinidad que les ha permitido
escapar de esa libertad que Martí quiso imponerles. Porque no nos
engañemos, para algunos no existe peor castigo que el ser libres.

[i] No fue este, sin embargo, el primer intento suyo para trasvasar
legitimidad ajena hacia sí. Esto ocurrió por primera vez cuando en 1947
trasladó la campana de La Demajagua hacia La Habana, en medio de una
situación muy complicada en que varios grupos políticos, y hasta los
militares encabezados por el gordo Genovevo Pérez Damera, amenazaban la
estabilidad democrática de la Nación. O sea, que como algunos años
después, en los días que precedieron al Marzazo, el futuro Comandante
aparecía involucrado en una actividad desestabilizadora por la que lo
menos que se le habría aplicado durante su prolongado gobierno habría
sido el “paredón”.
[ii] Como en la sección en Cuba, de la revista Bohemia, y en las
crónicas el diario comunista Noticias de Hoy. Consúltese, por ejemplo,
los artículos dedicados en ambos medios al asesinato de Manolo Castro.
[iii] Aclaremos que con el tiempo Fidel Castro derivará hacia un
maquiavelismo cada vez más marcado, y que la desaparición de la URSS lo
lleva a buscar alianzas aun con los grupos o ideas a las que antes
habría demostrado ser menos afecto. Mas obsérvese que esas alianzas
funcionan en realidad solo hacia el exterior: Si se permiten libertades
religiosas, o se pasa a una tolerancia y hasta protección del movimiento
LGTB, ello se hace con el fin de conseguir el apoyo de los movimientos
similares de más allá de las fronteras del país, en la consecución de
los objetivos de cambio de imagen y de política exterior del castrismo
en la era post-1989.
[iv] Frank País y sus combatientes, en sus ataques del 30 de noviembre,
no por gusto priorizaron al cuartel de la policía marítima en el puerto
santiaguero. La intención de despejar el puerto, mientras a la vez se
mantenía copado el Cuartel Moncada, es sumamente significativa.
[v] Aclaro que esta es solo una de las explicaciones del Castrismo, ni
mucho menos la principal, pero la que importa a este trabajo.

Source: José Martí y Fidel Castro, o las antípodas de «lo cubano» –
Artículos – Opinión – Cuba Encuentro –
www.cubaencuentro.com/opinion/articulos/jose-marti-y-fidel-castro-o-las-antipodas-de-lo-cubano-328484

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